Lo Complicado de las Cosas

Lo Complicado de las Cosas

 

Lo complicado de las cosas

Vivir es complicado. Y mucho más la vida en pareja o las relaciones con los demás. Y, sin embargo, en muchas ocasiones, somos nosotros mismos los que hacemos difícil esa convivencia.

Desde la infancia, nuestro aprendizaje se desarrolla dentro de la trilogía “ensayo-error-acierto”, es decir, aprendemos a fuerza de equivocarnos. La familia intenta educarnos para que seamos personas responsables y maduras; la escuela nos ilustra en las ciencias y las letras para que podamos labrarnos un futuro. Nos pasamos el tiempo obedeciendo a nuestros padres, profesores, tutores, ancianos,…. Por qué entonces cuando somos adultos, y se supone que hemos llegado a esa meta que profesores y progenitores esperaban, seguimos sin poder ser libres?

Libres para amar y ser amados sin intentar cambiar al otro para que se adapte a nuestros gustos o a nuestras necesidades (si le conocimos así, por qué queremos cambiarle?)

Libres para expresar nuestras alegrías y nuestras tristezas, nuestros deseos y nuestras necesidades.

Solemos creer que los demás tienen una bola de cristal con la que les es posible saber lo que queremos en cada momento. O quizá, lo que ocurre es que, en realidad, tienen el poder de leer en nuestra mente. Sería ridículo pensar eso, verdad? Acaso tenemos nosotros ese mismo poder para con los demás?.

Entonces, por qué nos empeñamos en pensar que aquellos que nos rodean están obligados a hacer lo mismo que haríamos nosotros? Por qué hacemos nuestra vida tan complicada? Acaso no nos distinguimos por ser únicos, irrepetibles?

A cada uno de nosotros nos han educado de diferentes maneras. Y cada uno de nosotros tiene su propio carácter, su propia personalidad, su propia forma de entender la vida. La educación escolar, la familia, el grupo de amigos, el vecindario en el que hemos vivido e incluso los estudios que hemos escogido son, en conjunto, partes de nosotros que conforman lo que somos.

Por tanto, si partimos de la base de que todos y cada uno de nosotros somos personas diferentes, por qué nos enfadamos si el vecino no nos da los buenos días…. porque “yo si se los hubiese dado”? Por qué nos duele que nuestra pareja no se haya acordado de que es nuestro cumpleaños…. porque “yo siempre me acuerdo del suyo”? Por qué nos sentimos tristes si, cuando pasamos por una mala racha, nuestr@ amig@ del alma no nos llama para ver cómo estamos,…. si “yo sí que lo haría”?

Ya no nos acordamos de lo poco que nos gustaba que nuestros padres nos comparasen con nuestros hermanos o nuestros amigos? Por qué, entonces, en lugar de ponernos a nosotros mismos como ejemplo de lo que se debería hacer, no podemos pensar que quizá el vecino va distraído y ni siquiera nos ha visto; o que nuestra pareja tiene muy mala memoria y, en realidad, no suele acordarse de ese tipo de cosas; o si nuestro amigo quizá no sabe que estamos tan mal o, no se atreve a llamarnos por si nos molesta?

Debemos aprender a pedir las cosas. Tenemos que acostumbrarnos a decir lo que queremos, lo que nos incomoda, a pedir ayuda, a demostrar nuestra alegría y también nuestra pena. No hay que temer mostrarnos vulnerables, sobre todo con las personas de nuestro círculo más íntimo, ya que así estamos demostrando nuestro amor y también nuestra disponibilidad. Acostumbrémonos a dar los buenos días aunque no nos contesten porque, quizá mañana seamos nosotros quienes vayamos distraídos y no respondamos al saludo.

La comunicación es la base fundamental para la convivencia. Aprendamos a hablar de los problemas cuando surgen en vez de callar y mantener la rabia, haciendo que se vaya creando una bola de nieve mayor. Si nos acostumbramos a decir cómo nos sentimos y lo que queremos, nos daremos cuenta de que la solución es mucho más fácil,  nos sentiremos mucho mejor, tendremos una mayor calidad de vida, seremos más optimistas ante las adversidades,… y sólo así nos daremos cuenta de que, realmente, la vida no es tan complicada.

 

                                                                                                                            Artículo publicado en la revista Altaveu (Julio, 2004)

 

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