¡No sé qué Estudiar!

NO SÉ QUÉ ESTUDIAR!

Después de tres años consecutivos de bajadas en el número de matriculas universitarias de primer curso, para el próximo 2015-16 hay un incremento de casi un 5,5% de estudiantes que comienzan su vida universitaria. Saben realmente lo que van a estudiar? Qué garantías tienen de terminar sus estudios?

En la última convocatoria universEstudiar en la universidaditaria de junio, 47.000 estudiantes se han preinscrito en las universidades públicas, según los datos de la Generalitat de Catalunya, comunidad en la que vivo. Es un dato muy esperanzador y, sin duda, significativo de que la normalidad va llegando de nuestro país. Los estudios universitarios inciden de manera significativa en una menor tasa de desempleo.

Ese número de preinscripciones supone un incremento del 5,48% con respecto al curso anterior (2.482 estudiantes más), después de tres años seguidos de bajadas en el número de  alumnos universitarios. Y eso sin contar aquellos estudiantes que se matriculan en universidades privadas.

Curiosamente, siguen estando entre los grados universitarios más demandados, dos de los estudios considerados tradicionalmente como “carreras comodín”: Derecho y Administración y Dirección de Empresas, valoradas como carreras con buenas salidas profesionales.

También continúan entre las más demandadas Medicina, Psicología y Enfermería. Otra de las más solicitadas en estos últimos años, después del bajón que tuvo con la entrada en vigor del Plan Bolonia, es Ingeniería Informática. Y, según mi experiencia, una de las que tiene una alta tasa de cambio.

Dada la carrera supersónica de las aplicaciones informáticas, redes sociales, apps móviles, juegos online,….nuestros estudiantes se lanzan de cabeza a los estudios de ingeniería informática con la ilusión puesta en hacer realidad el sueño de crear el juego más imaginativamente real o la aplicación móvil más revolucionaria.

Y a los tres meses se dan cuenta de que “eso” que están haciendo en la universidad no es lo que esperaban.

Y no es que quiera denostar el grado de Ingeniería Informática. Ni por asomo!. Esa carrera universitaria únicamente me sirve de ejemplo de lo que ocurre en términos generales con muchas otras.

En los últimos cuatro años he entrevistado a más 1.000 estudiantes pre-universitarios dispuestos a comenzar –con mayor o menos ilusión, tema que considero crucial para un óptimo rendimiento y que trataremos en otro post- con una nueva etapa de su vida.

Una de mis primeras preguntas a esos estudiantes que entraban por primera vez en la universidad, era “por qué quieres estudiar este grado?” El 99% no tenía una respuesta clara a esa sencilla pregunta. La mayoría contestaba: “Porque me gusta”, “Porque sí”, y los más sinceros decían “No lo sé”. Entonces, para ayudarles a que se visualizasen en alguna profesión o haciendo algo que les interesara, les preguntaba “qué te ves haciendo dentro de 10 años?”. Y de nuevo, la respuesta mayoritaria era: “No lo sé”. Algunos, los más afortunados, decían que querían tener su propio negocio. “Qué clase de negocio?”, preguntaba yo entonces. Y de nuevo el lacónico: “No lo sé”.

Los nuevos estudiantes universitarios comienzan sus estudios sin tener una idea clara ni de lo que quieren estudiar ni de para qué quieren estudiar lo que estudian.

De ahí que exista una tasa de abandono increíblemente alta. Según el último informe del MECD (curso 2013-14) 1 de cada 5 estudiantes (el 19%) “cuelga” los estudios y el 7% cambia de orientación, con el consiguiente gasto económico tanto para las familias como para el erario público y el -no menos importante-  desgaste, tanto intelectual como emocional, que conlleva para el/la joven el esfuerzo de asistir a unas clases para nada interesantes y a las que, finalmente, decide dejar de ir y no seguir malgastando su tiempo y su dinero.

Me pregunto por qué la mayor parte de los estudiantes (y sus familias) no hacen una prospección real de la enorme oferta de estudios que ofrecen las universidades y escuelas universitarias. Teniendo en cuenta que van a hipotecar su vida durante un mínimo de cuatro años de grado (tres si cambian de nuevo la ley), más el -o los máster- que hagan, me pregunto por qué no se informan hasta la saciedad sobre el tipo de estudios que están escogiendo, qué carga de trabajo y cuántas horas conllevan, qué asignaturas van a seguir, cómo y de qué tipo son las clases a las que van a asistir, etc., etc.

Quizá uno de los problemas es precisamente ese: una excesiva oferta  que, en muchas ocasiones, hace una duplicidad –o triplicidad- de algunas titulaciones con distintos y atractivos nombres pero que, en esencia, son las mismas. Si lo pensamos fríamente, no es de extrañar  que nuestros jóvenes se pierdan en esa jungla. Y ya no digamos los padres.

También es cierto que, al menos hasta ahora, el último año de bachillerato está siendo bastante duro para la mayoría, con continuos exámenes y trabajos y, además, estudiar para las pruebas de selectividad. Eso hace que muchos jóvenes dejen para el último momento la selección de sus estudios universitarios y, además, lo hagan de forma demasiado rápida. Teniendo en cuenta el escaso tiempo que tienen entre la finalización de los exámenes de las pruebas de acceso a la universidad y las fechas de preinscripción, el problema es obvio si no se ha sido precavido/a en cursos anteriores.

Pero algo tan importante como nuestro futuro profesional no debe dejarse a la improvisación.  Y más, cuando pensamos lo necesario que es dedicarnos a algo que nos guste, que nos apasione. No hablamos de estudiar en la universidad. No hablamos de conseguir un trabajo. No hablamos de ganar dinero.

Se trata de hacer de nuestra vocación, nuestra profesión.

Y eso no puede tomarse nunca a la ligera.

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